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Activismo

 
Tras regresar César de Nueva York en 1968, Lanzarote comenzaba a desarrollarse turísticamente. Preocupado por las posibles implicaciones y consecuencias de esta actividad económica, que él mismo impulsaba de la mano del Cabildo Insular de Lanzarote, presidido por José Ramírez Cerdá, Manrique manifestó en varias ocasiones sus inquietudes en los medios de comunicación: “Siento un poco de miedo ante la avalancha turística que se avecina a Lanzarote” (1965).

Lanzarote se dirigía con decisión hacia una economía de servicios de carácter turístico y Manrique intuyó que, por su valor natural y por su belleza, el paisaje de la isla era susceptible de convertirse en su principal fuente de riqueza, pero también sabía que, por su extrema fragilidad, acciones desafortunadas en el mismo podrían comprometerlo de manera irreversible.

Fruto de esa inquietud, cuando a partir de mediados de los setenta, y sobre todo desde mediados de los ochenta, se intensifica la construcción alojativa, Manrique participa en actos de protesta por la construcción de complejos turísticos y alerta en infinidad de ocasiones de los riesgos de un crecimiento indiscriminado de la oferta alojativa en Lanzarote.

La vertiente activista resulta fundamental para entender la figura de Manrique y su proyección de artista social, con arraigo público y de fuerte carácter icónico para la comunidad. Su implicación, la labor de denuncia que ejerció abiertamente, su confrontación directa con autoridades y promotores, y su compromiso con los valores culturales y paisajísticos de la isla, lo convirtieron en un símbolo, añadiendo a su personalidad creativa una dimensión sociopolítica inédita en el panorama artístico español. La actitud propositiva y la denuncia conviven en un perfil de artista complejo y polifacético.

Escribe en 1986 (Lanzarote se está muriendo): “La insensibilidad reinante unida a la falta absoluta de entusiasmo están aniquilando el amor que había en un principio. Lo único válido para ellos es el éxito de vender en masas y ganar millones, sin tener en cuenta todo lo realizado en los comienzos. Indigna que esta torpe facilidad de ventas al por mayor se base en todos los grandes atractivos que hemos creado en Lanzarote, ya que, de no existir éstos, no venderían ni una perra chica. Esto es verdaderamente desmoralizador, es tirarse piedras sobre su propio tejado”.