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Siah Armajani. FALLUJAH

Del 26 de abril al 3 de junio de 2007 permaneció expuesta en la sede de la FCM en Taro de Tahíche la exposición Siah Armajani FALLUJAH.

Coincidiendo con la conmemoración del bombardeo de la ciudad de Guernica, hace 70 años, la exposición, producida por la FCM, se organiza sobre una pieza de Armajani titulada “Fallujah”. Con ella, Siah Armajani plantea críticamente el tema de la guerra de Irak, al tiempo que dialoga con imágenes formales del Guernica de Picasso. “Fallujah” se expuso en 2007 en el norte de España, en el museo ARTIUM de Vitoria (posteriormente itinerará al CDAN de Huesca), en tanto que la FCM desarrolló el discurso crítico que contextualiza la obra, planteado a partir de textos del artista, de imágenes de la agresión norteamericana contra Faluya, y del material original de trabajo que sirvió a Armajani para construir la escultura “Fallujah” (se muestran, en concreto, una maqueta, tres estudios y un dibujo).

Siah Armajani nació en Teherán en 1939 y desde 1960 reside en Estados Unidos. Es uno de los máximos representantes internacionales del denominado Arte Público, concepto que él mismo ha contribuido a forjar a través de sus escritos. Por Arte Público entiende obras que, por definición, demandan una función que ha de ser pública; obras que renuncian voluntariamente a lo que se entiende convencionalmente por «creatividad artística». Desde sus primeras obras, que respondían a planteamientos conceptuales, Armajani ha evolucionado hacia posiciones que le han conducido a interrogarse sobre el papel del artista y del arte en la sociedad actual, y a proponer y realizar obras que ponen en cuestión los límites tradicionalmente establecidos entre bellas artes, diseño, carpintería, urbanismo o ingeniería, y cuyo objetivo es responder a necesidades reales prácticas de la comunidad a la que van dirigidas, con el deseo de mejorar su vida cotidiana. 

Armajani es uno de los máximos representantes del denominado Arte Público. Ha evolucionado desde sus primeras obras, que respondían a planteamientos conceptuales, hasta un tipo de propuestas que retan los límites establecidos entre bellas artes, diseño, carpintería, urbanismo o ingeniería, destinadas a resultar útiles a la gente normal en su vida cotidiana, insertándolos en la vida comunitaria y subrayando su función social y antimonumental.

Nunca se llegó a saber exactamente cuantas personas perecieron durante el bombardeo de Guernica. El 26 de abril de 1937, aviones de la Legión Cóndor prácticamente destrozaron la ciudad —sólo el 1% de los edificios quedó intacto—, utilizando bombas incendiarias, que aterrorizaron a los 5.600 habitantes. Por primera vez en la historia de Europa, la población civil estaba siendo el objetivo de un ataque aéreo masivo que comenzó a las 16:40 y se prolongó durante unas tres horas. 

En contra de las pautas establecidas internacionalmente, ningún país pasó a denunciar este acto de barbarie. Al contrario, las autoridades decidieron mantener el silencio. Tampoco se esforzaron en desmentir la historia inventada por los falangistas de que los habitantes de Guernica habían incendiado la ciudad por su cuenta, después de intentar negar lo ocurrido. Pero la táctica más eficaz para quitarle importancia al asunto fue evitar mencionar el número de muertos. En la prensa, se evitó dar cifras. Probablemente, el suceso habría pasado desapercibido, si no hubiese sido por el cuadro que Pablo Picasso dedicó a las víctimas de la guerra y, previamente, por el testimonio de algunos corresponsales anglo-americanos que difundieron imágenes de la devastación. La obra Guernica consiguió sensibilizar al público internacional desde que fue mostrada en la Exposición Internacional de 1937, celebrada en París. 

Ahora, 70 años más tarde, las cosas no parecen haber cambiado. Después de Guernica, han sucedido otras muchas masacres: Hiroshima, Nagasaki, Halabja, Beirut, Dresden, Srebrenica y Bagdad. En 2004, el nombre de la ciudad iraquí Faluya se incorporó a esta lista de ciudades sitiadas y masacradas. Siah Armajani (Teherán, Irán, 1939) ha reconocido, en el ataque brutal llevado a cabo por el ejército norteamericano, semejanzas con los sucesos acaecidos en Guernica. Al igual que Picasso, Armajani, con su impresionante pieza Fallujah, rompe el silencio, recordando que estamos hablando de vidas, des seres humanos, de un execrable acto de barbarie, extensible a la infame guerra y ocupación de Irak, cuyo caos y muertes se acrecientan con el paso de los días y continúan perturbando nuestras conciencias. 

En Faluya, el ataque masivo e indiscriminado del ejército americano produjo la destrucción del 60% de las viviendas ―el 20% fueron arrasadas― y más de 5.000 muertos estimados, entre miles y miles de exiliados ―unos 300.000 en un primer momento―, dejando una ciudad devastada, entre restos no sólo de cenizas y de muerte, sino también de la ignominia del fósforo blanco y las bombas de racimo, según han certificado diversas investigaciones. Picasso declaró que el toro que aparece en su obra maestra, representa la brutalidad. El caballo, a su vez, alude al pueblo. De estos dos animales, Armajani ha recuperado el caballo —también las llamas aluden al Guernica—, que ha transformado en un caballo de balancín. Sobre el juguete ha colocado el título de la canción de Chuck Berry «Johnny Be Good» (Johnny, pórtate bien). 

Armajani (de)construye una austera y emocionante metáfora del bárbaro ataque a la ciudad iraquí y, por extensión, de la desgracia y el dolor que cualquier guerra provoca siempre. Para simbolizarlo, toma como referencia la casa y los objetos de la vida cotidiana —colchones, silla, alfombra, mesa… el hogar, en definitiva—, desordenados, envueltos en la soledad de la ausencia humana. Con su gesto, Armajani convierte el arte público en un grito de protesta y de coraje moral que, en primer lugar, se aleja de cualquier silencio cómplice, y, a continuación, censura tanto el horror del conflicto bélico como la actitud intolerable del gobierno norteamericano. Es un grito de denuncia y de solidaridad al mismo tiempo: un ejercicio de memoria de la infamia, pero también de participación democrática diciendo «no» en momentos dulces para la mentira de estado, las políticas imperiales y el recorte de los derechos civiles, en medio de la mayor insensibilidad hacía «el otro» diferente y hacia los derechos humanos, en general. 

Armajani rompe con la lógica del miedo y, desde una concepción del artista como ciudadano responsable frente a su tiempo, reivindica el sentido cívico de la actividad creativa, su relación con el tiempo y la historia. Así es su arte público de «acción democrática», que vincula arte y sociedad, espacio y tiempo, artista y ciudadano, estética y ética, cultura y política.

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