La aventura de Felipe Boso: un poeta experimental conectado por carta con el mundo

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Juan Antonio González Fuentes comenzó su intervención explicando quién era Felipe Boso. “Yo tampoco lo sabía antes de iniciar este libro”, aseguró. González ha hecho la selección, edición y el prólogo del libro Felipe Boso. Mi jaula es una celda. Correspondencia, 1969-1983. (Ediciones La Bahía), que presentó en la Sala José Saramago, el día 19 de abril. Pero para explicar quién fue Boso, primero explicó cómo llegó a él.

González trabaja en el Archivo Lafuente, el archivo privado en torno a las vanguardias, más importante de España, con sede en Santander, creado por un empresario quesero, José María Lafuente, que comenzó a coleccionar fondos bibliográficos para crear ese archivo. En una exposición sobre Fernando Millán, otro autor de poesía experimental, Lafuente conoce a Antje Reumann, la viuda de Boso, y aunque no llegaron a un acuerdo para adquirir su archivo personal, sí llegan a un compromiso de publicar su correspondencia, que acaba plasmada en este libro.

El libro recoge 1.001 cartas escritas o recibidas por Felipe Boso (Villarramiel de Campos, Palencia, 1924 – Meckenheim, Alemania, 1983). Nació en una familia burguesa, se traslada a Santander, después a Peñaranda de Bracamonte (Salamanca), estudia en Valladolid y cursa Historia en Santiago de Compostela. Prosigue sus estudios en Salamanca y en Madrid y consigue una beca para estudiar Geología en Bonn (Alemania). Cuando iba a volver a España, en 1955, conoce a la que será su mujer y se queda en aquel país. Se convierte en traductor de escritores y poetas, tanto españoles como alemanes, y logra un gran prestigio. Trabaja de forma incansable y sufre dos infartos.

Comienza a escribir poesía experimental, en soledad, de noche, desde Alemania, y piensa que “era el único que se dedicaba a ese tipo de poesía”, señaló González, que explicó que en la poesía experimental, “todo tiene importancia, pero lo menos importante es el significado”. Boso llegó a confesar en una carta, que él se conformaba con ser “un juglar del lenguaje” y en vida tan sólo vio editado uno de sus libros: T de trama.

El editor del libro de esta correspondencia contó que a Felipe Boso se le hacía muy difícil vivir alejado de España, y así lo expresa en alguna de sus miles de cartas cruzadas con poetas y escritores. En ocasiones llega a escribir cerca de veinte cartas al día. Descubre un día a Enrique Uribe, otro poeta experimental, y a través de él contacta con más poetas, sobre todo con Millán e Ignacio Gómez de Liaño, al que ya conocía de Peñaranda de Bracamonte. Y empieza a intentar hacer una antología de poesía experimental de autores españoles. “Se complicó la vida —señaló González— porque había rivalidades que desconocía”. Su correspondencia con otros autores sí evidencia que había grupos de poetas experimentales que editaban revistas y organizaban actos en toda España, y no sólo en Cataluña, como se ha creído durante mucho tiempo. También conoce a Julio Campal, que organizaba recitales de poesía en las reuniones de las Juventudes musicales españolas, y al Grupo Problemática 63, que se acaba escindiendo y del que salen dos grupos irreconciliables, liderados por Millán y Gómez de Liaño. “Todo esto le estalla a Boso”, afirmó González, que destacó que ocurría “en un mundo minúsculo, donde no había dinero ni fama”. Boso acaba harto, se desencanta, se desilusiona, se aleja de la poesía experimental y visual y se acerca a la poesía más convencional pero siempre cercano a los poetas más alternativos. A pesar de ello, en 1978 publica en la revista Akzente un monográfico sobre literatura española y también una antología en alemán. “Escribe muchas antologías pero salen muy pocas”, dijo González: “No vio los resultados de tanto trabajo”.

La conferencia terminó con el autor reflexionando sobre el lenguaje, la cultura, las vanguardias y la capacidad del arte para ensanchar la realidad.

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