La riqueza etnobotánica de Lanzarote: “Lo árido tiene sus sorpresas”

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En el año 2000, Jaime Gil y Marta Peña, ingenieros agrícolas, comenzaron a recoger el conocimiento popular sobre las plantas silvestres de Lanzarote. Gran parte de ese conocimiento se ha plasmado en dos libros: Los cultivos tradicionales de la isla de Lanzarote y Usos culturales de las yerbas en los campos de Lanzarote, y están preparando la Guía visual de la flora de Lanzarote. Ambos impartieron en la sala José Saramago, los días 20 y 21 de febrero de 2018, el taller Lanzarote, ilusión botánica. Etnoflora de una isla desértica. El director de la Fundación César Manrique, Fernando Gómez Aguilera, destacó en la presentación que uno de los objetivos del taller es el de poner en valor el medio natural de la Isla y ayudar a ver lo que no se ve a simple vista. Citó al poeta Amadou Hampaté Ba, “el más grande recopilador de historias africanas”, que como Gil y Peña, transmitía el saber de pastores y agricultores, y decía que “en África, cuando muere un anciano, arde una biblioteca”. En este caso, Gil y Peña han estado “anticipándose a las cenizas”.

El director del curso, Jaime Gil, comenzó la primera de sus intervenciones señalando que Lanzarote no es tan desértica como parece: “Lo árido tiene sus sorpresas”, dijo, y comparó La Palma, paradigma de la frondosidad, con 850 especies diferentes, con la árida Lanzarote, con 720. En Lanzarote se cuentan como endemismos doce especies, cinco subespecies y cinco variedades, aunque no son las que tienen mayor uso etnobotánico. Algunos de estos endemismos, como Gymnosporia, de la que sólo se encuentran seis ejemplares en la Isla, están en peligro de extinción.

La segunda parte de la primera jornada se centró en mostrar la metodología del trabajo etnobotánico. Para ello, definieron en primer lugar la etnobotánica, que es la disciplina que estudia la relación de las plantas con el ser humano y está “a caballo entre las ciencias naturales y las humanas”. En Canarias, esta disciplina está en manos de etnógrafos, principalmente, y en el pasado se dedicaron a ella maestros de escuela. “Es una cultura amplísima que abarca todos los aspectos de la vida”, señaló Gil. Por su parte, Peña explicó el trabajo de campo, que consiste en entrevistar a personas de avanzada edad para que transmitan el conocimiento sobre los usos de las plantas en su niñez, y remontarse así lo más atrás posible en el tiempo. Para la entrevista, recogen muestras de yerbas cercanas y se las muestran. Después se transcriben las entrevistas y, si se puede, se sale al campo con estas personas. Luego está la fase de herborización, con recogida de muestras, lo que permite vincular los nombres vernáculos con los científicos, porque es “muy importante una correcta determinación botánica”.

Gil abordó el origen de los nombres populares de las plantas, que son “de una riqueza extremada”. Distinguió entre nombre vernáculo, que es de los antepasados y nombre común, que puede ser reciente. Por ejemplo, se ha popularizado el aloe frente a su denominación como sábila, o la amapola por la majapola. En Lanzarote hay una gran presencia de nombres con sonoridad aborigen y también hay nombres distintos en cada isla para la misma especie. La rilla en Lanzarote es la collejera en Fuerteventura o el jarrabuey en El Hierro. Los nombres populares nacían por varios motivos: están los que se ponen porque su forma, principalmente la del fruto, se parece a algún objeto, los que se parecen a formas de animales, los que aluden a alguna cualidad o característica de la planta, a sus propiedades sanadoras, a su sabor… “Siempre son nombres prácticos, señaló.

La segunda jornada del taller se centró en los usos de las plantas. Primero en los usos alimenticios, que están asociados a épocas de hambruna. En Canarias se consumen unas cien especies, aunque no todas con la misma importancia en la dieta. Es común, por vergüenza, que las personas admitan que comían esas plantas, pero siempre señalan que lo hacían otros. Una de las más importantes es el cosco, con cuyas diminutas semillas se hacía gofio, y que provocó algún enfrentamiento porque no sólo era una planta de supervivencia sino que también se exportaba para fabricar piedra barrilla. Otras semillas comestibles de uso común eran las del cardo de burro y la majapola de corneta. De menor importancia, “tipo snack”, eran la chinipilla, la chabusquera, los frutos del moralillo, del espino o la vinagrera, las hojas de las cerrajas, del jaramago o del jediondo, muy parecido a la rúcula, y las papas crías. La tabaiba no se comía pero se recolectó con fines industriales para hacer chicles, y hubo una marca muy famosa, en Barcelona, que llegó a patrocinar un equipo de la Vuelta Ciclista a España en los años cuarenta: Chicles Tabay.

Como gran parte de la población no tenía acceso a médicos, buscaban un uso medicinal en las plantas. Peña advirtió que “las plantas no son inocuas” y que “el umbral entre el beneficio y el daño es muy pequeño”. Una característica que se repite en el Archipiélago es que, tanto las mezclas de varias yerbas, como las dosis, siempre son números impares: tres, cinco o siete.

Entre las plantas más usadas estaba el tajosé, que puede tener propiedades abortivas. Otras para el aparato reproductor, alivio de dolores menstruales o expulsión de la placenta, son el amuley, la servilleta o la alhucema. Para el aparato respiratorio se usaban la yerba clin, “para las puntadas de pulmonía”, la brotona, para catarros, la borraja, ya desaparecida de Lanzarote o la doradilla. Para la fiebre se usaba la estrella de mar o la sanguinaria. La cerraja, para los golpes y aliviar el dolor de muelas y el bobo, cuyas hojas son muy tóxicas, para cataplasmas y para curar bultos. Para las infecciones de orina se usaba la malva o el marrubio, y las majapolas para afecciones nerviosas.

Las plantas también servían para los animales. El uso veterinario lo han transmitido los pastores, que hacían “encañaos” para las fracturas de las patas de las cabras con palos de jiguerilla y usaban muchas otras plantas similares a las que se aplicaban a las personas. Y también sabían las que eran malas. La triguera es peligrosa para burros y caballos, otras provocan hemorragias porque acumulan nitrógeno, como el agonal o el cenizo, y otras, como el romerillo, son buenas en seco pero en verde “son un veneno”. Gil señaló que entre las plantas forrajeras, las más apreciadas por los ganaderos son las que tienen sonoridad aborigen, y probablemente ya las usaban los mahos.

Después de trabajar en todas las islas, Gil y Peña han podido comprobar que el conocimiento popular sobre las plantas en las islas orientales, que no tienen árboles, es mayor que en las otras islas que son más verdes. Gil señaló, al finalizar el taller, que uno de sus objetivos era que los asistentes, más de setenta personas, salieran más sensibles de lo que entraron. Y otro, dignificar estos conocimientos populares.

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