Por qué el arte es esencial para afrontar el necesario cambio de modelo de consumo

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“Vivimos tiempos de transición hacia una sociedad de menor disponibilidad energética y de materiales”. El decrecimiento, según José Albelda, es inevitable. El modelo de consumo basado en un recurso como el petróleo, principalmente, se está acabando. “Vivimos tiempos de urgencias”. Albelda es doctor en Bellas Artes, pintor, ensayista y profesor de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Politécnica de Valencia. Trabaja desde hace tres años en un programa de I+D, en coordinación con José María Parreño, que es profesor de Historia del Arte en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. En la Sala José Saragamo de la Fundación César Manrique impartieron, el día 26 de abril, la conferencia Humanidades ambientales: artes y humanidades en el camino hacia la sostenibilidad. Teoría y prácticas.

 

Albelda señaló que los datos son elocuentes pero no se difunden mucho “porque cuestionan nuestro modo de vida”. Destacó que el cambio climático, el clima extremo, ya es evidente, y que no es aconsejable, por tanto, mirar para otro lado, sino hacer una transición equilibrada. Continuar con este modelo de consumo ya no es posible. Subrayó la necesidad de conseguir el reto de la Cumbre del Clima para 2020, es decir, hay que intentar evitar llegar a un aumento de dos grados centígrados de media de la temperatura del Planeta. “Es la apuesta que nos queda, el gran reto, y para ello hay que cambiar la sociedad de forma radical”. Para ese cambio es preferible “saber dónde estamos”. “Eso es una apuesta por la lucidez”. “Debemos estar contentos por disponer de tanta información”, dijo, algo que no les ha ocurrido a otras civilizaciones. Y todas acabaron desapareciendo.

En todo caso, no es una tarea fácil, porque “la transición hacia las energías renovables es factible para el sistema energético, pero para el industrial y para el sistema de transportes es más difícil”. Ya hemos superado la tasa de reposición de los recursos naturales: hemos consumido ya un Planeta y medio. Estamos, por tanto, en el inicio de nuestro propio declive.

En el capítulo de las soluciones, “habría que evitar las respuestas tecnocientíficas porque es difícil que lo que crea el problema pueda aportar el remedio”. En su lugar, hay que trabajar el campo de las ideas. No va a servir delegar la responsabilidad en otros porque los problemas son estructurales y es un problema de todos y tampoco va a servir aplazar la solución para otra generación. Albelda apuntó algunas respuestas que pueden ser eficaces para que haya un cambio sólido hacia la cultura de la sostenibilidad, es decir, para decrecer de forma ordenada. Para crear este nuevo paradigma es esencial la creatividad que aportan las humanidades ambientales: trabajar un pensamiento creativo, impulsar una ética de la sostenibilidad. Y esa nueva cultura debería ser holística, con una economía circular y autocontención.

Pero, ¿cuál es el lugar del arte en este escenario? Pues el arte es diverso, imita a los medios de la naturaleza, es empático con lo modelos sostenibles, colabora con el activismo y pone el nosotros por encima del yo. “El arte -señaló- será útil porque siempre ha estado vinculado al cambio, nos permite ver lo que se oculta y diseñar nuevos modelos”.

Parreño tomó la palabra para afirmar, en primer lugar, que impartir conferencias como la de la FCM no sólo es un acto académico sino también de militancia, porque no basta con saber, hay que actuar. Se preguntó, entonces, por qué no actuamos si sabemos. Y dio cuatro razones: por la dificultad de comprender lo que pasa (el sistema climático es difícil de entender), por la dificultad de percibir ese cambio (las alteraciones son dispersas y las amenazas no están bien definidas), por la dificultad de percibir el efecto que tienen las acciones que se llevan a cabo para mitigar los efectos y, por último, por el sesgo que tienen los indicadores económicos, que no miden el coste de reposición ni de gestión de los residuos, al igual que tampoco se mide en el Producto Interior Bruto los valores humanos o ecológicos.

Explicó que no nos movemos por razones, sino por emociones o sentimientos, y sin que quiera decir que tomemos decisiones irracionales, sino que las emociones o sentimientos pueden ponernos en mejor disposición de tomar decisiones racionales. Y el arte nos afecta emocionalmente y nos traslada a escenarios hipotéticos.

A partir de ahí, mostró una relación de artistas y obras de arte que transitan, de manera muy distinta, el camino de la sostenibilidad. Empezó por Andreas Polli, después por Joana Moll, que pone de manifiesto que Internet es una industria y su gran consumo de energía y agua. Siguió con los cuadros de Diane Burko sobre la evolución de los glaciares con una precisión científica, y con los retratos sobre el cambio climático de Gideon Mendel, con las instalaciones de Mary Miss, los carteles de Hannah Rothsein comparando los parques nacionales de Estados Unidos con cómo podrán ser en 2050. También hay artistas que utilizan residuos, sobre todo plásticos, como Chris Jordan y su Monte Fuji, los paisajes de Yao Lu, de Noble & Webster o las esculturas del colectivo español Basurama. Y también expuso las muestras arqueológicas de restos modernos de Barbara Fluxá, el areoceno, un globo hecho con bolsas de plástico, de Tomás Saraceno, las instalaciones de Yann Tomas o la intervención Tube Greenfort que consiste solamente en bajar la temperatura del museo al que lo inviten, en dos grados. Además, están los panales de abejas de Lucía Lorea, las propuestas de R. Graves o de Isaac Cordal, las fotos aéreas de Louis Helbig que muestran la belleza de la destrucción, de paisajes contaminados, de minas a cielo abierto…, o las imágenes, también contaminadas, de Richard Misrach, más cercanas. Y finalmente, iniciativas de activistas dentro de la propia industria del arte, como las campañas para liberar a la Tate Modern o el Louvre del patrocinio de empresas petroleras.

Tanto Albelda como Parreño citaron a César Manrique como precursor en este campo y a la Fundación César Manrique como pionera en el vínculo entre arte y sostenibilidad. Parreño finalizó diciendo que el mundo no va a cambiar por estas propuestas artísticas, porque el mundo lo cambian las personas que toman decisiones, pero que el arte es necesario para que se genere una cultura del cambio que sea el sostén de los cambios individuales y colectivos.

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