Jaime Vindel, el día 10 de abril de 2025, en la Sala José Saramago, comenzó su conferencia titulada <<Paisaje-petróleo: una historia (anti)fascista del progreso y el crimen>>, intentando responder a la pregunta de por qué la civilización industrial ha recurrido a los combustibles fósiles como energía primaria de las sociedades modernas.
Algunos autores apuntan a que “respondió a motivaciones que excedían los elementos puramente físicos o materiales de las fuentes de energía fósiles”. Entre ellos, Andreas Malm plantea que el carbón no se eligió por ser más eficiente o más barato sino “más adaptable” al nuevo régimen productivo de las ciudades y por su carácter almacenable. Hubo, por tanto, una motivación “sociopolítica”.
Por otra parte, el carbón permitía a la clase obrera mantener cierta influencia por la posibilidad de bloquear el suministro, mientras que el auge del petróleo, que no requiere de tanta mano de obra, va minando esos derechos.
Vindel abordó la dimensión estética y cultural de la energía fósil. Ideas y conceptos como la libertad o la abundancia están muy ligadas a esta industria. “La relación que mantenemos con la energía y particularmente con la energía fósil se encuentra mediada por la producción de toda una serie de imágenes y de narrativas”, señaló.
El conferenciante expuso una serie de imágenes y películas que tienen una mirada pintoresca sobre el paisaje fósil, que naturalizan “una determinada relación con la energía que ha sido funcional al poder industrial, a los poderes económicos y a los políticos hegemónicos”.
“Esa naturalización por la cual el humo de los combustibles fósiles se confunde con las nubes no deja ser una trampa ideológica, porque en realidad habría habido otros motivos para poder recurrir a otras fuentes de energía para el desarrollo de la modernidad industrial”, aseguró. Las infraestructuras energéticas aparecen en ocasiones como garantes de una paz social frente a los grandes enfrentamientos sociales y políticos.
Se refirió a la “desaparición de las luciérnagas” anunciada por Pier Paolo Passolini, tanto en sentido literal como metafórico, una especie de “genocidio cultural” ante el avance del petróleo como una nueva forma de poder y que además se alineaba en la Italia de los años 60 y 70 con nuevas formas de fascismo. Passolini denunciaba cómo las alianzas entre empresas y entes estatales configuraban un nuevo poder.
Se filmaron en aquellos años una serie de películas que trataban de funcionar como propaganda de esas empresas y que pretendían que el progreso energético hiciera olvidar el conflicto entre fascismo y antifascismo. En esas películas se incluían elementos costumbristas o populares dentro de una narrativa energética y se intentaban presentar cómo esos recursos aseguraban el bienestar de los italianos.
Vindel expuso el caso de Enrico Mattei, presidente del Ente Nazionale Idrocarburi (ENI) que fue tejiendo unas alianzas con la Unión Soviética o Argelia y terminó siendo víctima de un complot que acabó con su vida. Fue una época turbulenta en Italia en la que crece la extrema derecha, se van conformando nuevas formas de poder económico y político en torno al petróleo y emergen nuevos movimientos sociales. También mencionó el desastre de la planta química de Seveso en 1976, “el Hiroshima italiano”, que dio lugar incluso a un protocolo a nivel europeo para la regulación de la seguridad en esas plantas.
Terminó acercando el asunto a la actualidad, al vínculo “entre el neofascismo fósil y un cierto sadismo social” que está conformando “una suerte de pulsión de muerte que puede ayudar a explicar la aparición de ciertos fenómenos políticos contemporáneos” como el caso de Donald Trump.
En ese sentido, “Petróleo”, el libro póstumo de Passolini relaciona la denuncia de esas nuevas formas de fascismo con el desarrollo de la industria fósil en Italia y el sadismo social. Vindel considera que el vínculo entre el neofascismo fósil y el sadismo social también se encuentra en la base del apoyo a Trump, principalmente por parte de sectores “masculinos blancos heterosexuales en Occidente” (la petromasculinidad), que lo apoyan, incluso siendo conscientes de los daños que puede provocar la quema de combustibles fósiles, “la perpetuación de la ideología fósil” que resulta “ecocida y genocida en un contexto de calentamiento global”.
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