Sin título

Título: Sin título
Año: 1957
Técnica: Cerámica esmaltada
Medidas: 30,5 x 9 x 9 cm

Sin título

Título: Sin título
Año: 1957
Técnica: Cerámica esmaltada
Medidas: 26 x 33 x 23 cm

Restaurante El Diablo – Timanfaya

Siguiendo la estrategia del Cabildo de Lanzarote de destacar y conservar los espacios más emblemáticos de la isla, en 1970 se intervino en el Parque Nacional de Timanfaya, uno de los parajes volcánicos más impresionantes del mundo. César Manrique, acompañado de su equipo habitual de colaboradores (Eduardo Cáceres, Jesús Soto o Luis Morales, entre otros), dirigió la creación del restaurante El Diablo y de la Ruta de los Volcanes retomando tres premisas básicas en su trabajo: integración de la obra en la naturaleza, adecuación del lugar para el turismo bajo un escrupuloso respeto al entorno y utilización de los lenguajes artísticos contemporáneos.

Las erupciones volcánicas que durante el siglo XVIII asolaron Lanzarote poseen hoy una potencia paisajística desbordante. El Parque Nacional de Timanfaya ofrece un espectáculo geológico y estético tan sobrecogedor como deslumbrante, en donde la apoteósica belleza de las lavas y los cráteres se compara una y otra vez con las vistas imaginarias de la Luna o Marte. Hasta el momento de la intervención, Timanfaya apenas habían tenido contacto con la industria turística, aunque en el lugar ya existía un pequeño mirador previo. La pronta actuación del Cabildo sirvió para controlar la zona justo antes de la explosión de visitantes y dio un valor más para su declaración como Parque Nacional en 1974. De las dotes para la escultura y el diseño de Manrique surgió el emblema del Parque, un esquemático diablo de tonos oscuros pero aires irónicos que se ha convertido en un símbolo de la propia isla.

Dada la delicadeza del espacio, la Ruta de los Volcanes se concibió para ofrecer una muestra completa de Timanfaya a los visitantes sin que el hábitat se pudiera ver dañado. La estrecha y cuidadosa carretera que discurre por el corazón del Parque fue diseñada para causar el menor impacto físico y visual, permitiendo ver las áreas más significativas pero sólo mediante el servicio de guías y autobuses del Cabildo. Así, se compatibiliza exhibición de la naturaleza con conservación medioambiental.

En el Islote del Hilario se construyó el restaurante El Diablo, que se inserta en un edificio circular de una sola planta cuya fachada principal está compuesta por una amplia cristalera que permite ver la asombrosa panorámica de los extensos campos de lava. En el interior, la habitual exhuberancia decorativa manriqueña limita sus acciones para concentrar sus efectos y sintonizar con el ascético y acaparador ambiente volcánico. Un ejemplo paradigmático de esta actitud es el denominado "Jardín muerto", un pequeño espacio acristalado donde un tronco seco y el esqueleto de un dromedario recuerdan la simbología dramática del lugar en donde nos hallamos. En la zona del bar sí aparecen detalles del mobiliario que recuerdan la estética pop, con originales giros ornamentales de utensilios comunes como las sartenes, que sirven de lámparas.

Junto al restaurante, dos murallas de formas curvas dan acceso a los baños y una tercera, cerrada con una cúpula decapitada, contiene un horno en el que el calor natural sirve para cocer los alimentos. En el Islote del Hilario es donde mejor se percibe la actividad geotérmica del subsuelo, ya que a tanto sólo 15 metros de profundidad la temperatura superar los 600 grados. Esto obligó a utilizar novedosas soluciones técnicas en la construcción pero también permitió crear atracciones únicas para los visitantes.

Las formas circulares, la pureza de las líneas o la fuerza visual de los grandes muros de piedra volcánica perfectamente tallada refuerzan el carácter geológico y ritual de la intervención, mientras el conjunto logra un equilibrio entre la fusión con el paisaje y su propio protagonismo espacial. La lectura global vuelve a demostrar que Manrique tenía una especial intuición para crear ambientes únicos y elocuentes combinando arquitectura, artes plásticas y paisajismo.

Jameos del Agua

Los Jameos del Agua son una de las obras esenciales en la trayectoria de César Manrique. Además de representar su primera gran actuación de arte público en el paisaje lanzaroteño, el proyecto sirvió para impulsar a Manrique hacia el rico sincretismo de disciplinas que practicó en sus intervenciones espaciales y lo encaminó de forma decisiva hacia el concepto de Arte-Naturaleza, su aportación más sólida y original al arte contemporáneo.

Desde su llegada a la presidencia del Cabildo de Lanzarote en 1960, José Ramírez promovió un modelo turístico genuino y exitoso basado en la remodelación de espacios naturales. Esta voluntad sufrió un avance fundamental con la implicación de Manrique en la creación de los Jameos del Agua, al mismo tiempo que abrió un campo de acción determinante para el ideario estético del artista.

El término de jameos hace alusión a los tubos volcánicos que carecen de coronación y éstos concretamente pertenecen a la gran oquedad subterránea —una de las más grandes del mundo— que corre desde el Volcán de la Corona. El espectacular espacio geológico de los Jameos del Agua era un lugar ya conocido pero que se encontraba en estado de abandono y degradado. Las primeras obras se llevaron a cabo entre 1964 y 1966 en el denominado «Jameo Chico», mientras el acondicionamiento del «Jameo Grande» se desarrolló en los siguientes años. Las últimas actuaciones se culminaron en los años ochenta con la creación del Auditorio en la zona del «Jameo de la Cazuela» y la parte superior se destinó a la Casa de los Volcanes, un centro expositivo y didáctico de vulcanología. Como en futuras ocasiones, Manrique dirige un equipo en el que destaca la colaboración del artista Jesús Soto.

La entrada al magnético mundo de los Jameos del Agua empieza con el descenso al “Jameo Chico”. En esta parte, como en el resto de la obra, las líneas estructurales y los detalles formales del mobiliario, la decoración, la jardinería o la iluminación están perfectamente integrados en la naturaleza única que les rodea. Entre el “Jameo Chico” y el “Jameo Grande”, se encuentra un lago en el que reside una especie endémica de cangrejos ciegos. El visitante lo atraviesa por un pequeña vereda adosada a un lado y luego asciende hacia el “Jameo Grande”. El trayecto lleva de la oscuridad de la misteriosa laguna a una zona plena de luz en la que destaca una gran piscina de formas onduladas y una poderosa escalera helicoidal que sube hasta un restaurante y la Casa de los Volcanes. Además del contraste lumínico y cromático propio del lugar, Manrique pone en juego una suntuosa jardinería y una decoración exquisita y efectista que recrean la mirada del visitante. Al fondo del «Jameo Grande» la entrada al Auditorio del «Jameo de la Cazuela», en donde la naturaleza volcánica junto a una acertada pureza de líneas y la ornamentación dan un sello inconfundible a este singular escenario.

La intervención en los Jameos del Agua ofrece una idílica simbiosis entre la potencialidad plástica de esta impresionante cueva y lo realizado por el hombre. Manrique aporta soluciones insólitas, sutiles y elocuentes que realzan la belleza intrínseca del lugar sin enmascararla artificiosamente. Como en otros espacios, el artista combina recursos y conceptos de corrientes como el land art, el pop o el arte público para crear un auténtico laboratorio del paisaje que respeta la idiosincrasia geológica del lugar y conecta con las tradiciones culturales de Lanzarote.

En los Jameos del Agua, Manrique ya expone la clave que seguirá en otras intervenciones espaciales: conservación y recreación del patrimonio natural y cultural en sintonía con los lenguajes artísticos contemporáneos. Una receta que se sintetiza en el binomio Arte-Naturaleza y que dará lugar a combinaciones magistrales de valores paisajísticos, estéticos, culturales…

Para el crítico Javier Maderuelo, los Jameos del Agua “pueden ser considerados una obra pionera de las artes de la posmodernidad capaz de abrir caminos a la participación de los artistas en la recuperación y puesta en valor de elementos de la naturaleza y del paisaje, permitiendo concienciar a los visitantes, a través de los mecanismos del arte, de sus valores intrínsecos y de la necesidad de su conservación”.

Ignoto

Autor: César Manrique
Título: Ignoto
Año: 1977
Técnica: T. mixta / lienzo
Medidas: 135 x 165 cm

Sin título

Autor: César Manrique
Título: Sin título
Año: c. 1951-53
Técnica: Monotipo / papel
Medidas: 42 x 51 cm

Mujeres junto al mar

Autor: César Manrique
Título: Mujeres junto al mar
Año: 1953
Técnica: Monotipo / papel
Medidas: 44 x 53 cm

Desnudo azul

Autor: César Manrique
Título: Desnudo azul
Año: 1953
Técnica: Acrílico / cartulina
Medidas: 60 x 67 cm

El hijo del hortelano

Autor: César Manrique
Título: El hijo del hortelano
Año: 1952
Técnica: Acrílico / cartulina /cartón piedra
Medidas: 122,5 x 57 cm

Coxis enterrado

Autor: César Manrique
Título: Coxis enterrado
Año: 1975
Técnica: T. mixta / lienzo
Medidas: 164,5 x 198  cm