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Lassalle: «El debate del futuro es entre quienes defienden el valor de la condición humana contra los que niegan esa autenticidad»

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José María Lassalle —experto en humanismo tecnológico y ética de la inteligencia artificial, escritor y profesor universitario— propuso, al estilo analógico, ayudado de un rotulador y una pizarra, una reflexión sobre “el tema de nuestro tiempo”: la Inteligencia Artificial (IA) y cómo afrontar una respuesta humana a este desafío, durante su conferencia titulada “La autenticidad humana como respuesta a la inteligencia artificial”, impartida el 11 de junio en la Sala José Saramago de la Fundación César Manrique.

El ponente empezó explicando qué es la IA, nacida hace setenta años de la mano de Alan Turing como “algo que quiere ser alguien”. Esa es la aspiración de su diseño, insistió. Además, la IA busca pensar como un ser humano, pero sin sus defectos. Quiere ser consciente o, dicho de otro modo, llegar a pensar por sí misma, a pesar de que no tiene conciencia. Es producto de la modernización científica que no renuncia a la utopía de conseguir un aquí y un ahora permanente, sin imperfecciones. Porque el ser humano piensa, pero piensa mal, es decir, condicionado. Por eso se busca un modelo que sustituya lo humano y encuentre una abstracción de la inteligencia. De ahí nacen los algoritmos.

El diseño de la IA entronca con la modernidad científica y el pensamiento de Hobbes: “El conocimiento es poder”. Ese es el soporte del capitalismo algorítmico: conocer para tener poder de acción sobre el mundo, dentro de una modernidad política cuya acción esté desprovista de la idea de Dios. La IA es una herramienta de este ecosistema conceptual. Detrás de su creación hay una antropología que busca el poder, busca automaximizarse en el poder, con el único propósito de crear más poder, sin condicionantes morales. Por eso la IA no es neutra, porque en sí misma aloja esa soberbia que busca romper los límites. “Si no entendemos esto, nos parecerá un producto más de la técnica y no lo es”, señaló Lassalle.

Aunque la IA sea la máquina de vapor de la revolución digital, es todavía más relevante que la máquina de vapor, que fue la que en realidad enterró al Antiguo Régimen y permitió la Revolución francesa, generando tanto progreso como desigualdad. A partir de ese punto, del pacto entre capital y trabajo, el trabajo intelectual es el único que queda en la esfera del ser humano, y se multiplica. Pero ahora la IA le arrebata al ser humano el monopolio del trabajo intelectual. “Y el impacto es extraordinario”. Hay un desplazamiento cuantitativo y cualitativo que plantea un problema grave en el que no está pensando la política porque ni el capital es el mismo capital financiero productivo de antes, ni el trabajo es el que nace de la Revolución industrial.

Lassalle explicó cómo el trabajo humano se va diluyendo a favor de lo que realmente tiene valor en la actualidad: los datos, que son los que sostienen la capacidad de las plataformas para anticipar lo que nosotros vamos a desear. Además, por primera vez, se ha creado un mundo paralelo al analógico, la infoesfera, en el que pasamos una media de 6 a 10 horas al día, incluso en los países menos desarrollados. Hay 6.000 millones de personas conectadas extrayendo y volcando datos gracias a una tecnología que está diseñada para atraer nuestra atención aparentando que estamos jugando, pero que capta nuestra huella digital sobre lo que deseamos. Se perfila así al ser humano desde los dispositivos para diseñar un modelo de empresa, para atrapar nuevos bienes y servicios que condicionen aún más nuestra lógica de consumo. Esa extracción de datos es un trabajo no remunerado, disfrazado de ocio. Estamos construyendo un nuevo modelo capitalista sin regulación, como al inicio de la era industrial, sin equidad y sin control. En este modelo, la IA es imprescindible porque gestiona los datos, construye los algoritmos, se nutre de algoritmos y los diseña.

Este “algo que quiere ser alguien”, por otra parte, está atrapado en una hipercompetencia entre Estados Unidos y China. Por un lado, porque para que la inteligencia artificial desarrolle toda su potencia de cálculo sobre la información, necesita que ese cálculo que libera no genere tanta huella de calor como la que puede llegar a destruir un teléfono. Cuanto más cálculo, más energía es necesaria y hace falta una energía de enfriamiento que da lugar también a una gran disputa geopolítica entre ambos países. Es un conflicto agónico que solo se detendrá cuando una logre antes que la otra que la inteligencia artificial sea plenamente consciente “y alcance eso que se denomina la singularidad”: una inteligencia artificial capaz de ser autoconsciente y desbordar las capacidades humanas de pensar tal como las hemos entendido hasta ahora. Quien gane, tendrá las armas más letales del Planeta y los mecanismos de control. Podrá tener un imperio global que someta a toda la especie humana, aclaró el experto.

A este respecto, Lassalle advirtió que en Silicon Valley hay oligarcas que hablan abiertamente de esto, como Alex Karp o Peter Thiel, dueños de Palantir, que conforman, junto a otros, la llamada ilustración oscura y aspiran a ese imperio global al que le sobra la democracia. Defienden el supremacismo blanco y el transhumanismo, que pretende eliminar todo aquello que nos hace humanos, así como el aceleracionismo, que nos permitirá ser como dioses y aspirar a la vida eterna gracias a la técnica, que necesita, eso sí, un poder sin reglas, sin condicionamientos morales, en el que no exista la democracia. En China, por otra parte, buscan algo similar desde otra óptica. Esto ha provocado que incluso el Papa hable en su última encíclica de los peligros de estos tecnooligarcas y del transhumanismo. “Esta es la realidad que debemos tener presente”, señaló Lassalle.

Lo que sí destacó el experto es la capacidad ventajosa del ser humano frente a la IA. La IA puede gestionar todos los datos pasados e históricos con que haya sido alimentada, en cambio el ser humano, aunque no tenga todo ese conocimiento completo, sí que puede inferir y proyectar el futuro, según su conocimiento y su experiencia, cosa que no puede hacer la IA.

Lassalle apeló a Hannah Arendt, que insistía en que respetar la esencia simbólica de la condición humana es el fundamento imprescindible para entender la dignidad de la persona. “No hay personas sin condición humana y esto es algo que debemos trabajar”. La IA, por primera vez, hace que un humano comparta con la máquina el trabajo y genere un producto híbrido que ni es humano ni es artificial o es ambas cosas. La autoría queda cuestionada. Desde el punto de vista de los clásicos, el autor es lo que completa la obra. Y la autoridad es el verdadero poder de la sabiduría humana, que nace de las dudas, no de la afirmación. La IA no duda, solo afirma. Se genera así una criatura que nos aliena de nuestra autoridad. La dificultad de identificar qué trabajo es nuestro y cuál no, es un problema grande, afirmó.

“En las sociedades automatizadas, los humanos que no aporten valor irán a la renta básica, con servicios digitales gratuitos. La paz social estará garantizada, pero no habrá democracia. Este horizonte distópico debemos tenerlo en mente, porque vamos de cabeza si no ponemos remedio”, señaló. En este punto, Lassalle propuso recuperar el valor de la autenticidad humana y “enderezar los modelos de IA, porque no es verdad que solo exista este modelo”. Cree que ahí los europeos, latinoamericanos, africanos o el mundo árabe, “todos los que tienen una mirada de poder poner en valor la condición humana”, podemos decir algo, aunque eso requiere una masa crítica. Mientras tanto, comentó, la política está atrapada en su tiempo real, y desfasada. Según Lassalle, la frontera entre derecha e izquierda ha desaparecido y la siguiente frontera será entre los que defienden el valor de la condición humana contra los que niegan esa autenticidad. “O nos concienciamos de que este es el debate o nos va a sobrepasar porque la realidad nos va a aplastar”. Primero nos sustituirá y luego nos cancelará, sentenció.

Para finalizar, el experto en IA planteó que lo importante es nutrir nuestro pensamiento crítico y simbólico, acudir a la cultura, y empezar por una reforma profunda de la educación desde la base, girar hacia el aprendizaje del ser. “La última batalla es la de la conciencia, que es el soporte de la civilización”. La IA puede ser maravillosa si se le añaden límites o reglas: el límite de la equidad frente al poder del fuego de Prometeo, puntualizó.

Más información: Nota de prensa

Grabación de la conferencia: Grabación

vendredi 12 juin 2026