Amancio Prada: «En el arte es importante revivir el momento cuando nacen las cosas»

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El Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz ha acompañado a Amancio Prada desde que el músico tenía veinte años. El cantante berciano abrió la programación cultural de la Fundación César Manrique, prevista para 2025, el 13 de marzo en Taro de Tahíche con “El hilo del Cántico”, asegurando que esta era su “primera conferencia”.  

Para explicar el origen de ese Cántico, al que él mismo puso música, recurrió a sus vivencias personales, que comienzan en el otoño de 1969, cuando estaba “arrancando patatas” en la tierra de su tía Manuela, poco antes de coger un tren a París para estudiar sociología y hacer una tesis sobre la agricultura a tiempo parcial en El Bierzo. “En el arte es importante revivir el momento cuando nacen las cosas”, afirmó el compositor.

Llegó a la capital francesa con “cuatro mudas” y cuatro libros, uno de Rosalía de Castro, otro de Lorca y dos de Tagore. Por aquel entonces, Amancio ya tenía experiencia en la música y “una gran afición”. Había debutado con una orquesta con el pasodoble Tengo miedo, torero y había compuesto su primera canción sobre el poema de Lorca La guitarra, que aprovechó para cantar brevemente en mitad de la conferencia. “Siempre me recuerdo cantando”, aseguró. En cualquier caso, no se planteaba hacer canciones “porque quería cantar lo que leía, lo sentía así”.

Durante su estancia en Paris, acabó viviendo en una chambre de bonne en el boulevard “de las malas hierbas” entre su compañero Silicio Félix Pardo, que ocupaba una estancia a un lado y una “francesita”, al otro lado. Ahí está el origen del Cántico. Ella “era tan expansiva cuando hacía el amor… con su novio” que le inspiraba a tocar la guitarra y a cantar, lo que a su vez provocó en Silicio el impulso de regalarle a Amancio el libro Vida y obra de San Juan de la Cruz, para que se dedicara a la lectura. 

“Toda la poesía de San Juan son veinte páginas, ningún poeta llegó tan alto habiendo escrito tan poco”, sentenció el intérprete. Prada fue explicando el Cántico, que tiene “búsqueda, encuentro y consumación”. Cuando llegó al encuentro pensó: “Esto es lo que está pasando aquí al lado”. Y se preguntó: “¿Cómo hay tanto erotismo, tanta sensibilidad?”. El texto del poeta es “un texto de amor humano” ya que “un místico no tiene otras palabras para expresar el amor divino”. Y comenzó a componer el Cántico.

En aquel momento, Prada ya había descubierto a Paco Ibáñez, “que era Dios” y tuvo la suerte de cantar junto a él en un Festival de los pueblos ibéricos en Francia, ante 4.000 personas. Después estrenó una parte del Cántico en el programa de France Culture, Libre Parcours Récital. Iba a cantar junto a María del Mar Bonet pero ella se desmarcó finalmente. “Se lo agradezco porque tomé la decisión de hacer yo las dos voces y eso da unidad a la obra”.

Tras los cinco años que vivió en París, Amancio Prada se trasladó a Segovia porque, según confesó, se había enamorado de la ciudad el verano anterior. Allí encontró un libro de Gerald Brenan sobre San Juan que le ayudó a entender al poeta: “Fui aprendiendo dónde me había metido”. Grabó el Cántico en 1977, en un solo día.

Prada explicó entonces “el grito de angustia original” del poeta para escribir el Cántico, cuando se sintió abandonado por Dios después de que lo raptaran tras su acercamiento a Santa Teresa de Jesús y lo metieran durante nueve meses en una celda minúscula en Toledo, donde le propinaban latigazos, y de donde, finalmente, pudo escapar.

Después de otros cinco años en Segovia, “que es lo que dura el amor eterno”, se fue a Madrid gracias a la invitación de José Luis Gómez para que interpretase el Cántico en el Teatro Español. En ese momento, comenzó a llover en Taro de Tahíche y Prada interrumpió su conferencia para interpretar su canción titulada La lluvia, antes de afrontar el final del hilo, que terminó con el inicio del Cántico, con Prada a la voz y la guitarra.

También contó su encuentro con María Zambrano, a la que le había entusiasmado la grabación. Él no sabía quién era pero le pidió un texto para el programa de mano del teatro y ella se lo envió. Prada se comprometió a cantar para ella cuando volviera a Madrid, y así lo hizo, en casa de la filósofa, el 20 de noviembre de 1984.

Cuando terminó, después de un largo silencio, le dijo: “¿Cómo no te has muerto? ¿Después de esto qué vas a cantar?”. Él contestó que quería seguir cantando y que estaba buscando algo. “Lo encontrarás porque veo sobre tu cabeza una paloma” contestó ella.

Como una premonición, Amancio Prada descubrió poco después los Sonetos del amor oscuro de Lorca, que tienen una influencia indudable de San Juan de la Cruz. Más tarde, el poeta Juan Gil-Albert, que conoció a Lorca, le contó que él había sido el “culpable” de esos versos porque regaló a Lorca una paloma enjaulada.

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Anatxu Zabalbeascoa: «Una acera es la verdadera democracia»

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Una de las ventajas de ser periodista es la de ver el mundo con un gran angular, de lo micro a lo macro. “Por eso acabamos elaborando una idea conectada de las cosas”. Esa visión periodística es la que expuso Anatxu Zabalbeascoa en su conferencia ‘Reconquista y renaturalización del espacio público’, el día 7 de noviembre. Un recorrido apoyado en imágenes sobre “cómo hemos pasado de construir ciudades a destruirlas” que añadió también iniciativas esperanzadoras.

Tras ese cambio destructivo se esconden varios motivos: el fundamental es el económico, la mercantilización del espacio público, pero también la relación con la naturaleza, que antes era algo temible “y después pasó a ser algo de lo que cuidar sin darnos cuenta de que nosotros también somos naturaleza”.

El coche es otro de los grandes problemas. Ha tenido un éxito incontestable y las ciudades se han adaptado a los vehículos, pero en toda ciudad llega un momento en que genera más problemas que soluciones. Y muchas de las cosas que ocurren localmente acaban ocurriendo globalmente.

Otro cambio es el paso de la ciudad informal a la ciudad formal. En España convivían las dos formas, pero la informal se ha ido borrando. “La manera informal de vivir tiene algunas ventajas que nosotros hemos perdido”.

Una consecuencia de hacer que las ciudades sean rentables es lo que pasa con las aceras. ¿Quién las hace? Porque en algunos lugares es un lujo y, sin embargo, “una acera es la verdadera democracia”. Con la misma lógica, se va privatizando el espacio público a pesar de que la calle también es un lugar de encuentro, no solo de conexión. La calle puede ser un lugar de juegos, una extensión de la casa, una escuela… “Con gente, la calle es más segura”, señaló Zabalbeascoa. Pero, en lugar de promover el encuentro, se hacen “ciudades que pinchan”, que colocan mobiliario para evitar que la gente se siente o se tumbe, como en la Puerta del Sol de Madrid. “Se invierte dinero en vallarlo todo”.

Frente a esto, la periodista de ‘El País’ puso ejemplos de intervenciones más humanas, como una acera-calle en el Carmelo (Barcelona) o una intervención relacionada con el patrimonio en Mérida que hace posible su protección y su disfrute.

Zalbeascoa abordó la irrupción de las smart city. “Los periodistas debemos sospechar siempre, pero si ponen el nombre en inglés, ya sospecho más rápido”. Anoté que estuvo indagando durante años  cuáles serían sus grandes ventajas y no encontró muchas relevantes. “La inteligencia, en la ciudad, sería, por ejemplo, que invitara a caminar”.

Comenzó a enumerar situaciones que acaban por modificar la manera de relacionarse entre las personas en una ciudad y la transforman. Una es la gentrificación, que acaba expulsando de un barrio o una ciudad a sus habitantes más antiguos a pesar de ofrecer una aparente mejora. “Si ves una galería de arte en tu barrio, ponte a temblar”. La gentrificación provoca la desaparición de la esencia de las ciudades: la pluralidad. Otra es la densificación, el hecho de crecer en altura, que ahora se cuestiona porque se considera que las ciudades intermedias son las más adecuadas.

La ‘comodificación’ (del inglés commodity) es la conversión de la ciudad, de sus inmuebles, en un bien de inversión: comprar para invertir, no para vivir, lo que altera la ciudad, por los precios y porque muchos lugares quedan vacíos. Zabalbeascoa cuestionó el empeño en construir iconos, cuando no acaban transformando la realidad de la ciudad, sino convirtiéndose tan solo en un símbolo.

La desconexión urbanística-especulativa es otro aspecto recurrente. Apuntó el caso de la urbanización que construyó Paco el ‘Pocero’, en Seseña, en medio de la nada y junto a un vertedero de neumáticos. “La arquitectura y el urbanismo tienen una relación brutal con la corrupción”. Además de este tipo de urbanizaciones, “la lacra del siglo XXI” son los adosados, que sin el coche “no funcionan”.

El urbanismo también está contra el peatón, en muchas ocasiones, pero algunas ciudades han revertido ese idilio con el coche, como Pontevedra, Copenhague, o Broadway, en Nueva York, porque “lo que hace las ciudades son las personas”. También hay actuaciones temporales, proyectos de espacios públicos que humanizan la ciudad, como el proyecto de Santo Domingo Savio en Medellín, las iniciativas del colectivo Boa Mistura pintando la calzada o los parques logrados gracias a la presión vecinal en Barcelona y otras ciudades.

De la misma manera, la aparición de vegetación en medio de las ciudades, la necesidad de combinar naturaleza y ciudad, como el proyecto Madrid Río, un parque de siete kilómetros sobre el soterramiento de la M-30 que ha sido un éxito rotundo. “Se trata de construir a favor de la naturaleza, aunque sean plazos más largos que los plazos políticos, que son de cuatro años”.

La conferenciante, antes de señalar seis puntos que se pueden poner en práctica en todas las ciudades, citó a Baudelaire: “la forma de la ciudad cambia más rápido que el corazón de un mortal”. Esos seis puntos son: asegurar la movilidad (ahí dijo que Lanzarote tiene mucho que mejorar porque se va en coche a todos lados); asegurar la diversidad; legislar y actuar contra la comodificación; restaurar (construir de forma sensible); controlar el turismo y reparar la relación con la naturaleza. Acabó con una frase de la urbanista y activista Jane Jacobs: “Las ciudades pueden proveer algo para cada uno de nosotros simplemente porque son creadas por todos nosotros”.

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Blanca de la Torre: «La cultura tiene la responsabilidad de construir relatos empoderadores para esos otros mundos que queremos habitar»

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Con la conferencia “Futuros habitables, relatos curatoriales y transiciones socioecológicas”, la historiadora del arte Blanca de la Torre quiso hacer entender al público que acudió a la Sala Saramago, el día 10 de octubre, cómo es la práctica curatorial y cómo crea la estructura de sus proyectos con el objetivo de aunar teoría y práctica.

Señaló que, en los últimos años, la práctica discursiva se ha ido alejando de la parte formal, que ella pretende acortar esas distancias y que existe un exceso de imaginarios distópicos, apocalípticos, que generan “un efecto paralizante”. Por eso, considera que el sector cultural, ante el pesimismo climático, tiene la responsabilidad de estimular la acción colectiva y construir relatos empoderadores con otros imaginarios para “esos otros mundos que queremos habitar”. En definitiva, “pensar cómo construimos nuevos modelos para entender el mundo”. De esta manera, comenzó una exposición a través de sus proyectos en el que explicaba, mediante imágenes, algunas de sus metodologías.

El primer proyecto es el más reciente: “Post Naturalis”, que acababa de inaugurar esa misma tarde en El Almacén. Es un proyecto de la artista grancanaria Cristina Déniz que se apropia de la idea de un antiguo Gabinete de curiosidades para proponer “modos más empáticos de relacionarnos con los no humanos”.

El proyecto “Isla” abarca once hectáreas en la localidad madrileña de Robledo de Chavela. Es un espacio de investigación en el que se han propuesto performances o instalaciones y cuyas intervenciones se pueden replicar en museos de otras ciudades, como Madrid o Nueva York.

De la Torre es curadora principal de la XV Bienal de Cuenca (Ecuador) y comisaria jefe de la Bienal 2025 de Helsinki (Finlandia). Dos lugares muy distintos “en las antípodas de la sostenibilidad”. Le interesa repensar el modelo de bienal, huir de aquellas que ofrecen muchos espacios para poder afrontar el reto de la sostenibilidad. Se plantea cómo hacer esas bienales “en tiempos de emergencia ecológica” y traslada las pautas que practica en los museos, a toda la ciudad. Así lo hizo en Cuenca, donde la Bienal pivota sobre tres ejes: el conocimiento ancestral y tradicional, los escenarios futuribles y un ecofeminismo crítico, que a su vez se trasforman en un decálogo de sostenibilidad que incluye, entre otros aspectos, la calidad, el concepto de kilómetro cero para evitar traslados de obras o materiales, un discurso positivo, reducción de huella de carbono, el uso de materiales naturales o la economía circular. La comisaria de arte fue mostrando las distintas intervenciones en esa Bienal.

Otro de sus proyectos es “Overview effect”, en Belgrado. Ese concepto nace del choque cognitivo que sufren los astronautas cuando ven por primera vez La Tierra desde el espacio. La exposición se pregunta si es necesario salir del Planeta para tener esa perspectiva y aborda la comprensión de las complejidades de la justicia ambiental. La segunda parte de este proyecto discurre en el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM) de Las Palmas de Gran Canaria en una exposición colectiva de setenta artistas en la que se cambia la perspectiva “con los pies en La Tierra”: “Si le damos la vuelta llegamos a las mismas conclusiones”. Señaló De la Torre, que en Belgrado ya había desarrollado pautas de sostenibilidad “muy radicales” que reforzó en Canarias, donde el cien por cien fue producción local y no se hizo ningún traslado de obras o materiales desde fuera de esa isla.

“Fabular un mundo diferente” nace de la propuesta de una exposición itinerante que la comisaria adapta para que cada proyecto esté relacionado con su entorno, con su contexto, partiendo de la premisa de que una exposición “no vale para cualquier sitio”. Así, planteó la muestra como una matriz que se desarrolla en cada ciudad de manera diferente. Las intervenciones tienen una base común pero recogen las características locales, como es el caso, por ejemplo, de ‘Diálogos desde la catástrofe’, que confronta el desastre del Prestige con otra catástrofe ambiental cercana al lugar donde se expone en cada ocasión.

Terminó con otro proyecto, recién inaugurado en Granada, “Hebras y urdimbres”, que explora todas las dimensiones metafóricas en torno a la idea de tejer, una práctica asociada al mundo femenino.

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Óscar Carpintero: «Dan ganas de pedir que no haya más cumbres climáticas»

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“Desde cualquier perspectiva, si nos remontamos a cincuenta años atrás, ecológicamente estamos peor”. Según Óscar Carpintero, profesor de Economía de la Universidad de Valladolid, es paradójico, porque “ahora sabemos mejor por qué estamos peor” pero sin embargo “cuanto más sabemos, menos hacemos por remediarlo”. El día 27 de junio, en la sala José Saramago, Carpintero impartió la conferencia titulada ‘Límites, transición energética y escenarios postcrecimiento’, dentro del Foro de reflexión ‘Fronteras y direcciones del progreso’. “Si atendemos a las emisiones que se han producido en el periodo en que se han celebrado las últimas cumbres sobre el clima, cuanto más nos preparamos para afrontar el problema, más aumentan las emisiones: Dan ganas de pedir que no haya más cumbres climáticas”, expresó el ponente.

El cambio climático, en el fondo, no es más que una manifestación de los límites. Estamos dentro de una crisis energética, pero también en una crisis de los límites, tanto por el lado de los residuos como por el lado de los recursos. Nos enfrentamos, eso sí, a una novedad histórica. A lo largo de la Historia todas las transiciones se han saldado con un uso de energía mayor, tanto total como per capita. La novedad es que en esta transición la disponibilidad de energía va a ser menor que en el pasado. En 2035 se prevé extraer un tercio del petróleo convencional que se extraía en 2010. Incluso, aunque el petróleo no tuviera un techo, cabría preguntarse si podríamos quemar todo el petróleo que quisiéramos. La respuesta es sencilla: no, porque tenemos el límite del cambio climático.

Carpintero destacó que es esencial hablar de economía cuando nos referimos al cambio climático. La relación entre el Producto Interior Bruto (PIB) y las emisiones es muy estrecha. Es difícil reflexionar sobre el cambio climático sin profundizar en el sistema económico. De esta manera, ¿cuánto tendríamos que reducir las emisiones para no tener que sobrepasar ese aumento de 0,5 grados centígrados de temperatura media en el planeta? Aunque no hiciéramos nada, la inercia nos llevaría ya a ese escenario, pero es que no estamos reduciendo las emisiones, sino que las seguimos incrementando a un ritmo de un seis por ciento anual. Es más, si se cumplieran los planes de reducción de emisiones que han presentado los 168 países, las emisiones aumentarían entre un 19 y un 37 por ciento, porque las reducciones previstas no son totales, sino relativas, por unidad de PIB. Con este escenario, el incremento de la temperatura podría ser de entre 3 y 4 grados.

¿Qué se tendría que haber hecho en la Cumbre de París para que llegáramos a un escenario razonable? ¿Cuánto petróleo deberíamos quemar para cumplir el objetivo? ¿O cuánto deberíamos dejar de quemar para mantener la temperatura por debajo de un aumento de 0,5 grados? Deberíamos dejar de extraer el 58 por ciento del petróleo que queda, el 59 por ciento del gas y el 90 por ciento del carbón. Lo que pasa es que esos recursos pertenecen a empresas, por lo que hace falta una negociación para compensarlas, algo que no se ha abordado. De manera más coloquial: “Llevamos treinta años mareando la perdiz” en unas cumbres del clima que tienen, como dice Federico Aguilera Klink, una “función ceremonial”. La única vez que se planteó algo similar lo hizo Ecuador, que estaba dispuesto a no extraer petróleo si se le compensaba por ello. La comunidad internacional no respondió. Tan solo se cubrió el cinco por ciento del fondo de compensación previsto.

Prosiguió Carpintero que cuando hablamos de cambio climático estamos abordando un debate sobre la igualdad. Ahora, el 1 por ciento de los países que más emiten son responsables del 17 por ciento de las emisiones totales y el 10 por ciento de los países emite más del 30. En el otro lado, la mitad de la población mundial es responsable solo del 12 por ciento de las emisiones. En España deberíamos reducir el 90 por ciento de nuestras emisiones brutas, quedarnos solo con la cifra de las que hoy genera Andalucía. Eso supone “una transformación muy importante”.

La segunda parte de la conferencia de Carpintero, se centró en los escenarios posibles de la transición. Hay dos tipos de soluciones. El primero es acudir a las soluciones convencionales, como las del “pacto verde” o el “crecimiento verde”, que plantean que siga creciendo la actividad económica y el consumo pero, en lugar de con combustibles fósiles, mediante energías renovables. ¿Es factible sustituir toda la energía fósil por energía renovable? De momento, las renovables solo abarcan una cuarta parte de las necesidades energéticas y se centran principalmente en la electricidad.

“Llegamos 30 o 40 años tarde para esta sustitución”. Hay otra limitación: los costes ambientales. Con la lógica de la expansión, no se asumen los límites y “se peca de optimismo tecnológico, cuando la tecnología nunca ha sido un buen aliado ecológico”. No se tiene en cuenta que para instalar ahora y renovar después estas energías renovables, hace falta un gran consumo de energías fósiles y de materiales. Es la conocida como “trampa de la energía”. Si sustituyéramos todos los coches actuales que hay en el mundo, unos 1.400 millones, por coches eléctricos, acabaríamos con todas las reservas de aluminio, cobre, cobalto, magnesio o níquel solo para los vehículos, sin poder emplearlos en otros usos. En ese escenario, España debería dedicar toda su capacidad eléctrica solo para cargar los coches: “Cuando se hacen estas cuentas elementales, la burbuja explota”.

Millones de coches duermen en la calle en nuestro país. Para poder recargar esos coches durante la noche haría falta poner un poste eléctrico cada cinco metros de acera aproximadamente. Si fueran postes de 22KW, como los que quiere instalar el gobierno en las gasolineras, en ciento veinticinco metros de calle habría que tender un cableado junto con los postes para poder suministrar más de un megavatio (MW) de potencia. Una ciudad como Madrid, con más de mil kilómetros de calles, necesitaría cableados, subestaciones eléctricas y sistemas de control para disponer de unos 8GW de potencia (es decir, como todas las centrales nucleares de España). Si extrapolamos estos datos para el resto de España, estaríamos hablando de más de 100GW (igual que la capacidad eléctrica máxima de España). (Antonio Turiel, 2020, en Petrocalipsis, p. 145)

El segundo tipo de soluciones son las basadas en el decrecimiento o el post crecimiento, que no son sencillas pero “al menos miran el problema a la cara”. Carpintero dejó claro que es una propuesta que se hace a los países ricos, no a los países que aún no cubren sus necesidades. Para llegar a este este escenario es necesario hacer políticas de prevención del empleo y de reparto del trabajo, una reforma fiscal y del sistema financiero profunda y llevar a cabo una macroeconomía ecológica porque el PIB no es un buen objetivo ya que no tiene relación con el bienestar. Hace falta medir la economía de otra manera.

Carpintero recordó la “teoría de la rosquilla”, de la economista inglesa Kate Raworth, según la cual hay que buscar un espacio seguro y justo, tanto desde el punto de vista ecológico como social, que tenga en cuenta los límites ecológicos y el suelo social. Actualmente, ningún país entra dentro de estos parámetros. En el año 2050, para estar dentro de los límites de esa rosquilla, el consumo energético debería estar entre 13 y 18 gigajulios por habitante, y ahora está entre 5 y 200. En España está cerca de 100. Sería necesario un descenso en los niveles de consumo del 60 por ciento cuando va a haber un 30 por ciento más de población.

Como consideraciones finales, Carpintero señaló que “la distancia entre lo que tendríamos que hacer y lo que parece probable políticamente es muy grande”. También dijo que es muy improbable que asistamos a una transición tranquila y que puede haber un colapso, que no sería “de un día para otro”. Si se dirige la acción hacia un escenario de post crecimiento, que es un escenario a contracorriente, habrá que gestionar los conflictos. Acabó la conferencia solicitando no perder nunca la perspectiva global, poner el foco en la investigación, asumir la naturaleza humana y evitar la ilusión del optimismo tecnológico. “La solución óptima es minimizar los remordimientos futuros”.

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Miriam García: «En lugar de protegernos y rediseñar la orilla, hay que reinventarla»

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La arquitecta y paisajista Miriam García intervino el día 6 de junio en la sala José Saramago para contar una historia que anime a imaginar “escenarios más resilientes ante el cambio climático”. Durante su intervención hizo un recorrido por el camino que hay entre el deseo de la orilla y la reinvención de la costa, los dos términos del título de su conferencia.

“Las costas son el resultado de una invención” que comienza a mediados del siglo XVIII, cuando la burguesía busca escenarios de deleite y, posteriormente, se hace extensible poco a poco a la clase trabajadora. “El derecho a las vacaciones pagadas transforma la costa en el deseo de la orilla”, pero también transforma físicamente la costa. En España, el turismo se convierte en el gran “invento” en el momento de transición hacia la democracia.

Esa transformación no solo produce efectos físicos sino que también provoca otros grandes cambios. Se origina un “tsunami demográfico” con el traslado masivo de la población a la costa “donde había dinero y trabajo”. También un “tsunami especulativo” que transforma la orilla construyendo a lo largo de toda la costa y, por tanto, un “tsunami físico” ya que entre 1997 y 2006 se construyen 5,5 millones de viviendas. Hay que sumar un “tsunami biogeofísico” porque se altera el ciclo metabólico del suelo y del agua y, por ende, “lo que comemos y lo que bebemos”. Todo está al servicio del lema “todo bajo el sol”.

La Ley de Costas de 1988 supone un pequeño esfuerzo por frenar estos tsunamis pero se dibuja con la idea de que todas las costas son iguales. “La costa se pensó como una línea y no como un sistema”, señaló García. Y entonces “llega otro tsunami, que es el del cambio climático y sus efectos cada vez mayores”.

Así que desde el deseo de la orilla llegamos a la reinvención de la costa, a un momento en el que hay que poner la atención en entender el paisaje como una infraestructura de vida y como un espacio público en el que la gente se comunique. “Hemos alterado todo y las costas son más vulnerables”. De hecho, los tramos de costa más vulnerables son los que más disfrutamos: las playas. El reto reside en cómo rediseñar la costa para hacerla menos vulnerable y adaptarnos a los efectos del cambio climático, como inundaciones, erosión o la intrusión salina, unas consecuencias que las sufren todas las costas del mundo, con mayor o menor intensidad.

Durante la investigación para su tesis doctoral, Miriam García generó una taxonomía de medidas de adaptación basadas en entender la naturaleza. En el transcurso de su conferencia, expuso algunos ejemplos de este tipo de intervenciones, como la creación de islas intermareales en el Delta del Misisipi, el llamado “motor de arena” en La Haya o los sistemas de drenaje en Nueva Orleans. En su tesis están recogidas todas las posibles metamorfosis de la costa.

La arquitecta mostró tres de sus últimos trabajos. El primero es el Plan de Adaptación de la Costa de del Área Metropolitana de Lima, junto a WWF y el Instituto de Hidráulica Ambiental de la Universidad de Cantabria. Localizaron las zonas que acumulaban más riesgos para los ecosistemas y la población y propusieron medidas para que fueran consideradas por los agentes implicados. “No todas las costas tienen la misma vulnerabilidad ni son susceptibles de que se restablezca la resiliencia con las mismas medidas, señaló, hay que conocer los procesos de la naturaleza para decidir cuáles podrían implementarse de manera más efectiva”.

Hay varias opciones diferentes de actuación en la costa. Una es no hacer nada, “que es lo que estamos haciendo” puntualizó. Otra es retroceder para que se regenere y, también se puede avanzar, con o sin infraestructuras, acomodarse o protegerse. Existen distintas medidas y estrategias, pero hay que hacer un análisis científico y hacer “aterrizar a la ciencia” para favorecer la toma de decisiones de la población. “Hace falta mucha inversión y hay que intentar multiplicar sus efectos, procurando mejorar la vida de humanos y no humanos y convirtiendo las obras de ingeniería en lugares, en paisajes, en escenarios para la vida”.

En Barcelona, todas las playas están en regresión. En el año 2100 habrán retrocedido 40 metros, no habrá playas “a no ser que se las alimente con arena, aunque no tenemos tanta”. Una de las ideas es hacerlas más resilientes y transformar los espacios de mediación en la costa, con bordes en terraza, parques o arbolado. Uno de esos proyectos ya está en licitación. También trabaja en un anteproyecto en la playa de la Pineda, en Tarragona, que igualmente está en regresión y tiene como horizonte y amenaza el puerto. Ahí está proponiendo la creación de lagunas.

Finalizó señalando que el planeta y el mar, aunque detuviéramos hoy las emisiones a la atmósfera, se van a seguir calentando, y los temporales se van a intensificar en magnitud y en frecuencia. De manera que, se debería trabajar en medidas basadas en la naturaleza, en entender sus procesos, y en procurar “que la naturaleza trabaje para nosotros, humanizando los espacios de costa”. “En lugar de protegernos y rediseñar la orilla hay que reinventarla”, aseguró.

Por último, señaló durante el turno de preguntas del público, que las administraciones, en España, son poco receptivas a esta visión y a estos proyectos, entre otras cosas porque “hay una atomización competencial que lleva a la miopía”, y solicitó que “en los concursos públicos, por lo menos, no se siguieran sacando licitaciones que están abocadas al fracaso. Y no emplear el dinero para volver a poner la playa en el mismo sitio”.

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Remedios Zafra: «La tecnología no ha conseguido el objetivo de darnos más tiempo para nosotros»

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“Para una toma de conciencia planetaria necesitas escuchar a gente que vea con claridad lo que pasa”. Por eso dice Remedos Zafra, escritora y ensayista, que César Manrique forma parte de su vida en estos últimos años, gracias a las enseñanzas de amigos más jóvenes.

Hace años que Zafra reflexiona sobre el tiempo, el trabajo creativo o la deshumanización tecnológica. Lo ha hecho en su último libro, ‘El informe. Trabajo intelectual y tristeza burocrática’ (Anagrama) y lo hizo en la conferencia ‘Razones para una escritura rebelde’, que impartió en la sala José Saramago el 9 de mayo, dentro del Foro de reflexión ‘Fronteras y direcciones del progreso’.

En ese libro habla de la transformación de los trabajos creativos o intelectuales dentro de este “mundo acelerado que habitamos” dominado ya por el tecnocapitalismo en el que hasta el tiempo de descanso debe ser organizado por tareas, en el que el tiempo “limpio” se convierte en tiempo “enlatado”. Se preguntó al inicio si no deberíamos repensar lo que llamamos vida para no irnos con la sensación de que “casi toda nuestra vida trabajamos y ya está”, que el tiempo se va.  

Como “metáfora de la vida contemporánea” expuso una obra de la artista Marta Azparren que refleja una rutina, una imagen que materializa la cadencia del bucle porque representa los movimientos de los trabajadores de una fábrica, que son casi los mismos movimientos. “Desde que nuestros trabajos están mediados por máquinas, se favorecen ciertas inercias”, señaló, “pero lo que no se ha logrado es un mundo más igualitario”. La tecnología, la mediación por pantallas, en realidad no ha conseguido el objetivo de “darnos más tiempo para nosotros”.

Zafra recordó a Simone Weil, que defendía que una organización social es buena si avanza hacia la igualdad y mala si lo hace hacia la desigualdad, pero es odiosa si favorece los comportamientos estancos. También recordó a César Manrique por la importancia que tiene “enseñar a ver”, encontrar en un rayo, un extrañamiento que nos perturba, una revelación que permite romper el bucle. “Si los libros que leemos no nos perturban, para qué los leemos”, decía Kafka. Y sin embargo los trabajos creativos se están transformando hacia la rutina.  

Esa perturbación o esa escritura rebelde nos permite decir sí y no a la vez. No a la deshumanización tecnológica, al esfuerzo por crear apariencia, al desafecto por tareas que no tienen que ver con su propósito como investigar, enseñar o crear. Y sí al tiempo propio, a los cuidados o al planeta.

Hay al menos tres razones para esa escritura rebelde. La primera es que la cultura está en lo que es difícil de narrar, lo inefable. Propone hablar de la práctica creativa desde la libertad y la motivación, no olvidar cuál es el objetivo por el que hacemos las cosas, recordar el amor por hacer las cosas con valor, su verdadero sentido. A diferencia del trabajo creativo, con muchos otros trabajos solo se logra el placer con el resoplido final. Zafra ha recogido testimonios de creadores porque es importante narrar cómo hacen lo que hacen y no solo el resultado. Esos testimonios revelan prácticas como pagar con visibilidad de su obra, la presión de agradar o la competición constante.

La segunda es que la transformación tecnológica está motivada por fuerzas monetarias. El mundo cada vez más mediado por pantallas “nos hace olvidar los cambios sobre los que se asienta la transformación digital”, que provoca la conversión del sujeto en un producto, que impulsa la precariedad de la apariencia frente al sentido, que no favorece la profundización y en el que hemos aceptado que lo más visto es lo más valioso. “Si no hay tiempo para pensar no se puede profundizar ni generar pensamiento crítico”.

En ese mundo se ha producido un giro antropológico en el que lo privado ya se ha convertido en público y estamos bajo escrutinio permanente. La profesión se eclipsa por la búsqueda de audiencia, el artista se convierte en una marca, se paga con visibilidad, se fusiona el tiempo de vida y de trabajo, se falsea la promesa de mayor disponibilidad de tiempo y las tareas más mecánicas no las hacen las máquinas, sino los trabajadores más precarios. Se ha pasado de una generación educada en la penalización del descanso a llenar los tiempos limpios con actividades bajo paquetes turísticos. En lugar de terror el vacío, hay terror al vago, al que intenta no hacer nada.

La tercera es la crisis ecosocial planetaria. Si la vida se convierte en un concurso, los compañeros son rivales. Zafra expone el vínculo necesario entre cultura y comunidad frente a esta crisis: la cultura como costura comunitaria. Cambiar esa sumisión “implica vernos entre nosotros”. La sororidad y los cuidados aparecen como ejemplos para ese reto, dadas las similitudes entre el patriarcado y el tecnocapitalismo. Ambos hacen a los sujetos responsables de su subordinación, autoexplotación, rivalidad o aislamiento. En lugar del capital afectivo como pago aparece el capital simbólico. “No se trata de resignarnos a tener un rato de descanso y volver a lo mismo, sino de renegociar los tiempos y que el planeta no sea un lugar de producción sino de cuidados”. Salvar un concepto de la vida. “Se trata de mirar al futuro”, tener conciencia crítica y construir una alternativa limpia, basada en la calidad de la vida porque, aludió a las palabras de César Manrique “el futuro nunca está conseguido”.

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Fernández Polanco: «Crecer indefinidamente ya es retroceder indefinidamente»

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A grandes pasos, “calzando las botas de siete leguas”, la catedrática de Historia del Arte, Aurora Fernández Polanco, recorrió con su conferencia “La naturaleza como no-paisaje: acciones, estudios y labores desde el arte contemporáneo” el camino de la separación entre la cultura y la naturaleza desde el siglo XVIII. Fue un camino convertido en comedia del arte en tres actos: el primero, para contar el nacimiento de esa distancia, el segundo con las escenas que se apropian del territorio como lugar y el tercer acto, “aterrizados ya en la tierra”, en el que expuso las prácticas actuales desde la conciencia de la colaboración necesaria entre todas las disciplinas.

El camino comenzó por pensadores como Rousseau y su obsesión por la totalidad, que ya enmarca la naturaleza como paisaje, o Goethe que se mudó a una casa en el campo, o Kant que “si hubiera tomado tierra, otro gallo nos hubiera cantado”, señaló Fernández Polanco. Son autores influidos por lo que Almudena Hernando denomina la fantasía de la individualidad, “como si no dependiéramos unos de otros”. Es un momento de sublimación en el que domina la estética de “lo pintoresco que alegra el ojo”, pero no es una mirada inocente porque existe relación entre el paisaje y la ideología, y entre el paisaje y el poder. La conferenciante puso diversos ejemplos de cómo se separa el paisaje de la naturaleza. Esos paisajes, por otra parte, se encargan de hacer invisibles los procesos de industrialización que no aparecen en los cuadros de la época. “El impresionismo cumple esa función de enmascarar la industria”. Dicho de manera más gráfica: convierte el humo en nubes.

El segundo acto: el “chispazo del como no”, haciendo alusión al título de la conferencia. Fernández Polanco puso ejemplos del siglo XX de destrucción y construcción del territorio, miradas de artistas que ponen su atención en lo que ocurría en la periferia y el exceso de construcción. Ya se considera el territorio como espacio vivido. Se trata de “ir más allá de las apariencias y aproximarse a las experiencias”, alejarse de la naturaleza como paisaje.

Y después de la naturaleza enmarcada y el territorio vivido, llega el tercer acto, el de “tomar tierra” o sentir la piedra del territorio en el zapato. Este último acto es una búsqueda de soluciones a la crisis ecosocial a través de un cruce entre los saberes populares y académicos y entre diferentes disciplinas. “La naturaleza no es exterior ni inerte” y en este acto se cuestionan las dicotomías anteriores.

Fernández Polanco destacó el trabajo de Jaime Vindel, doctor en Historia del Arte, cuya obra pone el dedo en la llaga sobre cuáles son los imaginarios “que nos han llevado a la estética de lo fósil” con el objetivo de salir de ese marco. La autora puso algunos ejemplos de trabajos de estudiantes de Bellas Artes que ya toman ese camino, con mecanismos de apropiación de espacios y “ganas de humanizar las ciudades”, como la propuesta de ‘A tomar la fresca, que es verano’, talleres de fabricación de bancos o el trabajo de la Fundación Antonino y Cinia en el pueblo leonés de Cerezales del Condado. Este tipo de proyectos toman el paisaje como un medio, no como un fin. En esa misma línea está la iniciativa titulada “El aula de las maravillas”, de Bárbara Fluxá, aparentemente un aula paleobotánica sobre las minas de Fabero que desafía la lógica dualista y en la que se cruzan la modernidad y la naturaleza, que acabó convertida en unas jornadas de diálogo. También expuso el proyecto de agrociudad de Amelie Aranguren sobre Roma y la videocreación Barruntaremos de Asunción Molinos Gordo, que habla de las Cabañuelas como método tradicional de predicción meteorológica.

Los tres actos, en definitiva, se funden en una sola preocupación: conocer y amar la pequeña parte del mundo que pisamos. Fernández Polanco terminó su intervención señalando que tanto los academicistas como aquellos que representan el saber popular, “están en el mismo saco” y estarían de acuerdo tanto en el Manifiesto por la sostenibilidad de Lanzarote de la Fundación César Manrique como en que “crecer indefinidamente ya es retroceder indefinidamente”.

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Sergio Ramírez: «En América las leyes justas pasan a ser la mentira y el poder arbitrario, la realidad»

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El escritor nicaragüense Sergio Ramírez inauguró la programación cultural de la Fundación César Manrique (FCM) en 2024. Lo hizo, en una renovada sala José Saramago, con un relato sobre la realidad y la imaginación, la crónica y la narración, la verdad y la mentira, que tituló “La literatura y sus fantasmas”. Tuvo sus primeras palabras de recuerdo para el escritor portugués, a quien visitó en la Isla en 1998, unos meses antes de que le concedieran el Premio Nobel.

Comenzó su intervención por Heródoto, considerado el primero de los historiadores, pero también narrador literario y periodista. Pertenece a una época en la que era imposible diferenciar el relato de los hechos verídicos del nacido de la imaginación. No había reglas para diferenciar la verdad de la mentira y las fronteras eran difusas. Heródoto descartaba la mentira y cumplía la primera regla del narrador, que es creer en la autenticidad de lo que cuenta. La dificultad, no obstante, reside en discernir los hechos reales de los imaginados. No se cuestionaban los relatos de los héroes ni de los dioses.

Las cosas no han cambiado demasiado. “Después de tantos siglos, no podemos afirmar que los hechos hayan ganado una claridad como para ubicarse en el terreno de la verdad objetiva”, señaló Ramírez. No podemos despojarlos de ese velo subjetivo, ese sesgo político, ideológico o religioso.

La Historia se comenzó a escribir a favor o en contra, y en ocasiones por encargo del interesado, como hizo Hernán Cortés, narrada por Francisco López de Gómara en su Crónica de la conquista de Nueva España, que provocó la publicación, por imprecisa, de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo. “Pero en todo caso es su visión de los hechos”. “La memoria es a la vez invención”, dijo Ramírez: “se altera lo que se recuerda. Dos personas que recuerdan los mismos hechos lo hacen de manera distinta”.

Los conquistadores eran hijos de la lectura de los libros de caballerías, y el “más descollante” de los cronistas imaginativos fue el propio Cristóbal Colón, que dio noticias de personas con cola de perro, de sirenas y de unicornios con pelo de búfalo y cabeza de jabalí. “La mentira, para ser verídica, tiene que estar muy bien detallada”. Cristóbal de Acuña también relató indígenas con los pies del revés en el Amazonas, y tres siglos más tarde, Alexander von Humboldt, ofrece otra visión más científica “pero la textura de su relato también se tiñe de imaginación”.

En el Nuevo Mundo, los inventores de historias entran en la Historia. El lenguaje de esos contadores de historias, ese estilo y esa exageración, pasa a ser una herencia de América, que llega hasta la literatura de García Márquez. La literatura no se ocupa de lo general, sino de lo específico, de la anormalidad, y en América se da una gran anomalía: “que las leyes justas pasan a ser la mentira, y el poder arbitrario, la realidad. Cuando el poder se vuelve anormal actúa como una deidad deshonesta y crea el miedo y silencio, pero al final también crea la rebeldía”.

La Historia, en cualquier caso es una palabra que sigue siendo demasiado genérica. La esencia de la escritura surge de la curiosidad de informador e informado, en la historia y en la literatura. Suetonio describe el asesinato de Julio César con todo detalle: las 23 puñaladas, la posición del brazo… Hace lo que hace un escritor, “fijarse en lo que parece irrelevante pero que da vida a la narración”, como cuando García Márquez escribe que en Macondo “llovió cuatro años, once meses y dos días” o como el afán de informar con exactitud de Bernal Díaz del Castillo o de Humboldt que explica con precisión cuánto comen los indios del Alto Orinoco.

La novela no solo supone un relato de hechos ficticios sino también una técnica: el suspense, las trabas al lector, la administración de la información que se ofrece, aunque se trate de hechos verdaderos. “En la novela cabe todo”, dice Ramírez. Las novelas hablan de los hechos anómalos de la historia, pero la crónica de hoy también tiene que ver con la anormalidad, la ocupan hechos como el narcotráfico, las pateras o la corrupción. Son temas que la novela reclama y disputa con la crónica, es un género híbrido. La delgada línea entre literatura, historia y ficción. Una mezcla de géneros que nace con Cervantes.

Sergio Ramírez, a quien le han despojado de su nacionalidad nicaragüenese y cuyos libros están prohibidos en su país, finalizó señalando que “por este oficio vale la pena pagar un precio” y que “el cronista no debe dejar de hacer su oficio”. A preguntas del público y del director de la FCM, Fernando Gómez Aguilera, dijo que de Nicaragua se han ido al exilio todos los escritores y artistas y que ya no existen periódicos propios y todas las noticias llegan desde fuera. Explicó que para que un escritor se meta en política, como hizo él mismo, hace falta una conmoción, como una dictadura, pero que en América han salido perdiendo los intelectuales metidos al oficio del poder.

Los temas en literatura siempre son los mismos: amor, locura, muerte y poder, con sus subdivisiones. Señaló que él puede escribir sobre el poder porque lo conoció por dentro, y que el poder “en cualquier sistema, tiene las mismas reglas porque las ideologías no cambian el sistema del poder”. Respecto a la prohibición de sus libros en Nicaragua, señaló que tiene la suerte de que escribe en español: “Es imposible hacerme desaparecer como escritor”.

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Bernardo Atxaga: «La fantasía es el realismo de los pobres»

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La Fundación César Manrique (FCM) acogió este jueves, 9 de noviembre, la conferencia del escritor Bernardo Atxaga, titulada «Contra los lugares comunes». Un acto celebrado en la sala José Saramago y enmarcado dentro del espacio de encuentro entre autores y público «El autor y su obra». Un foro en el que los invitados hablan sobre la relación que mantienen con su trabajo creativo y revisan las constantes que orientan su dedicación.

«Hablar de lo que uno ha sido y ha hecho parece lo más fácil del mundo aunque es una facilidad aparente» porque «cuando uno se pone a pensar casi no puede abarcar su vida», comenzó explicando el escritor vasco. El autor de «Historias de Obaba» dividió en dos partes su intervención, correspondientes a dos periodos de su vida y de su literatura: el mundo rural y el mundo de la violencia en el País Vasco.

Atxaga empezó su conferencia haciendo unas consideraciones generales. Los mapamundis antiguos, como el de Beato de Liébana, colocaban Jerusalén en el centro. A través del mapa sabemos «los valores que los lugares tenían para el beato», indicó. Jerusalén está en el centro del mundo gracias al relato de la Biblia y al apoyo de una organización como la Iglesia, mientras que otros lugares son marginales porque no cuentan con ninguno de esos dos elementos. A juicio del escritor, «los mapas de valor se hacen constantemente y en ellos hay unos lugares centrales y otros marginales». Atxaga explicó que el mapa de valor de las mujeres de hace cien años en España era marginal y puso el ejemplo de que cuando moría un hombre se hacían doce toques de campana, mientras que cuando fallecía una mujer eran ocho.

Por tanto, cuando se hace un mapa de valor se generaliza. «Es lo normal porque no podemos hablar con una precisión total, y los lugares comunes ayudan a ahorrar tiempo. En ocasiones no tienen mala intención pero, otras veces, van cargados de veneno, de agresividad o de clasismo», matizó. Y eso es lo que, en opinión del conferenciante, ocurre con el mundo rural, que en la dicotomía entre lo urbano y lo rural, se coloca lo segundo como «extremadamente negativo».

En este sentido, explicó cómo se utiliza al campesino como contrafigura del señorito de ciudad. «En el mapa de valor, el campesino está en el lugar más bajo posible». Además, ese estereotipo aún está muy vigente, de forma burda, incluso entre los escritores, comentó. Atxaga nació en Asteasu, un pequeño pueblo de Guipúzcoa: «Yo he sido situado en estos mapas de valor por el lugar en que he nacido». No solo eso. Se crea un estereotipo de estos campesinos «como si fueran homogéneos», cuando si algo caracteriza a los seres humanos «es lo diferentes que somos». 

Para Bernardo Atxaga, si el modelo para entender el mundo no fuera un mapa físico sino uno cultural, «sería muy distinto» porque «culturalmente, no hay nada en el mundo que exista de forma separada». Europa y lo que se conoce como el mundo occidental están alimentados por el cristianismo, «hay una unidad en ese sentido», del mismo modo que se nutre de la sustancia homérica que impregna los relatos de todas las lenguas.  

Hasta hace cien años, cuando las personas se desplazaban a pie o a caballo, todos los lugares eran centrales porque el radio de movimiento era de unos 15 kilómetros, y por tanto ese círculo adquiría una centralidad. «Esto hace que ese círculo, a su vez, tenga el mayor grado de diversidad que pueda existir» aunque se trate de un pueblo de apenas cien habitantes.

El estereotipo sobre lo rural también actuó negativamente sobre Atxaga, del mismo modo que el mapa de valor literario, que no aprecia la oralidad porque se asocia al primitivismo. El escritor narró un viaje a Nápoles con su madre y un grupo de jubilados en el que en las ruinas de Pompeya ve una representación de dos niñas jugando a la taba y se da cuenta de que para los juegos infantiles no ha habido cambio, se ha mantenido el hilo de miles de años entre Pompeya y Asteasu. En ese mundo antiguo se puede hablar de animales fantásticos o de fantasmas pero no de psiquiatría ni de política. Ese es el punto de partida de las «Historias de Obaba», su libro más conocido. Comentó el lenguaje que utilizó para esas narraciones y leyó algún fragmento del libro. Para ser fiel a un lugar hay que construir un relato con los elementos de ese lugar. También afirmó que «la fantasía es el realismo de los pobres».

Para la segunda parte que quería abordar, la de la literatura relacionada con la violencia, comenzó diciendo que el gran cambio en su vida ocurrió en 1965 cuando se fue a vivir a Andoáin, a unos pocos kilómetros de su pueblo natal, de ese lugar sin psicología ni política. La realidad era bien distinta. Nombró una serie de personas que pertenecieron a ETA, o al Batallón vasco español o que fueron víctimas, que convivían en ese pequeño espacio y que él conoció. «Estábamos todos en el mismo baile». Respecto a la violencia, dijo que «hasta que empieza, todo es posible, pero cuando empieza es imparable».

El escritor manifestó lo difícil que es llegar a la verdad de esa situación. Por una parte, aunque sea complicado, se puede hacer ficción sin pertenecer a un mundo, pero respecto a la realidad, «cuando es tan compleja, incluso perteneciendo a esa realidad, es muy difícil construir una representación que se parezca a la verdad o a la belleza». Esa es la intención que le llevó a escribir contra el estereotipo y lo «único serio» que pretendía decir en este sentido. Se mostró «alegre» de haber dejado atrás ese mundo de violencia y ese «mundo abismal» al que dedicó tres libros. 

Bernardo Atxaga actualmente escribe «cosas más libres, más frikis», de hecho algunos han calificado sus últimos libros como «inusuales». No obstante, el autor señaló que con este tipo de registros literarios, se «ríe más» y se siente «más feliz». Para concluir, reivindicó el papel de la literatura infantil, por encontrarse marginada, y acabó afirmando que «en cualquier lugar se puede llegar a lo poético».

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Íñigo Losada: «La erosión y la inundación son los dos problemas principales para la costa canaria»

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La Fundación César Manrique (FCM) acogió este jueves 26 de octubre, en la sala José Saramago, la conferencia Riesgos y adaptación al cambio climático en la costa canaria, pronunciada por el ingeniero hidráulico Íñigo Losada, uno de los expertos más relevantes a nivel internacional en costas, cambio climático y energía offshore.

El experto explicó que el riesgo en la costa viene determinado por tres factores: la exposición, la vulnerabilidad y la peligrosidad. Para intentar reducirlo existen dos posibles acciones: la mitigación y la adaptación. Además, es importante “tener una visión sistémica de la costa” ya que esta “no entiende de competencias ni de límites municipales”.

El nivel del mar subirá más cuantas más emisiones de CO2 se emitan a la atmósfera, ya que el océano las absorbe. El nivel del mar aumentará pero no de igual forma en todas partes. De momento, en Canarias, la subida media es de cuatro milímetros al año, lo que supone que en algunos tramos acabará subiendo el doble. La cota de inundación no es igual en todos lados y por eso es importante tener la información a escala local, matizó Losada.

En un escenario en el que apenas se reduzcan las emisiones, en el año 2100 el nivel del mar podría llegar a aumentar más de un metro en algunas zonas, con una subida media de 20 milímetros por año. “En ese caso no seríamos capaces de adaptar la costa”, sentenció. La mayor preocupación para los expertos está en los fenómenos extremos, que cada vez van a ser más frecuentes.

La erosión y la inundación son los dos problemas principales para la costa canaria. Aunque el nivel medio aumente poco, va a tener influencia en la inundación. En cuanto a la erosión, “si la playa retrocede, ya no se recupera. Por cada centímetro de aumento del nivel del mar, la playa retrocederá un metro”. La pérdida de las playas es uno de los mayores riegos para las costas canarias “si no hacemos nada”. “Y no solo sería negativo desde el punto de vista económico/turístico, sino porque si no hay playa, las olas no rompen, y, si no rompen, hay más probabilidad de inundaciones”, destacó el experto.

La adaptación de la costa, por su parte, no tiene una visión global, sino que se trata de algo muy local. El Gobierno de Canarias encargó un amplio estudio que permite conocer los indicadores del riesgo de inundación y erosión costera frente al cambio climático en Canarias. En ese estudio, realizado por Grafcan con el apoyo de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y en el que también participó el Instituto de Hidráulica Ambiental de la Universidad de Cantabria del que Losada es cofundador, se calculan varios escenarios futuros posibles.

El estudio, que presenta los mapas de potenciales inundaciones y se puede consultar en la web pimacostas.grafcan.es, evalúa el riesgo y da a conocer la peligrosidad a escala local. Se calcula el riesgo sobre cinco elementos: la población, el tejido productivo, el patrimonio, las infraestructuras y los ecosistemas.

Con el horizonte más crítico para 2100, con un aumento de 4ºC en la temperatura del mar, en Lanzarote se producirían retrocesos de las playas de entre 25 y 40 metros. En el informe se añade un índice con todas las posibles actuaciones de adaptación a realizar en las costas canarias, desde grandes infraestructuras a pequeñas intervenciones en función de los riesgos y de los diferentes escenarios y espacios temporales. En Lanzarote, si no se actúa, el mayor riesgo se encuentra en las zonas urbanas.

En cuanto a las adaptaciones de los lugares costeros, el profesor apuntó que en España “todo el mundo tiene competencias en las costas”, todas las administraciones, y por tanto las políticas respecto a la costa están muy fragmentadas. “La costa es transversal y hace falta una coordinación importante”, aseguró apelando a una nueva gobernanza. Para adaptar la costa se pueden llevar a cabo acciones de retirada planificada, acomodación, protección o incluso de avance.

La línea del deslinde marítimo terrestre, en cualquier caso, va a seguir avanzando hacia el interior. “Va a ser difícil mantener la costa como ahora. Tendremos que aprender a vivir con más riesgo”, o adaptarnos según Losada, que puso como ejemplo a Reino Unido, en donde se barajan escenarios en los que el Támesis suba hasta cuatro metros.

Finalizó exponiendo el caso de Garachico que “ha servido como laboratorio” tras haber sufrido varias inundaciones recientes, algunas de ellas muy extremas. En Garachico no se puede retroceder, por el terreno escarpado, y tampoco es viable levantar un muro, que taparía la visión del mar. En ese pueblo, las pérdidas económicas por las inundaciones ya son de 800.000 euros, mientras que en la Macaronesia se calculan en unos 250 millones. Según Losada, que explicó las medidas que se han aplicado en Garachico, “es necesario actuar”.

Como conclusiones, la costa canaria sí que está amenazada por el cambio climático. No obstante, el Archipiélago ya ha dado un paso importante, que es haber realizado esa primera evaluación del riesgo. Es fundamental la colaboración entre administraciones, y de estas con el sector privado, y también es básica la monitorización de la evaluación del riesgo porque permitirá reducir costes, así como la mitigación y la adaptación, que harán que la costa sea más o menos resiliente a los efectos del clima.

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